Todavía por Poliana Ponte





Todavía

–Mamá, ¿por qué hay tan pocos charcos? Así no puedo usar mis katiuscas –refunfuñó.

Y recordé el día en que, muy atrás en el tiempo y en otra ciudad, llevaba las botas de agua con las que enriquecí a lo grande mi vida. Y es que me tocó el gordo, mi marido. Fue un pisotón lo que nos presentó. Se disculpó tras aplastarme unos cuantos dedos en un vagón de metro atestado de afanes humanos. Le repliqué que no se disculpara aún, pues continuaba, y con extraordinaria precisión además. Y así como quien no quiere la cosa, al intentar el extraño del tren deshacer el entuerto, y con ello acabar de reventar mis restantes deditos salvos, me eché a reír con tales ganas que me eché a llorar de tanto reír, lo que provocó que en medio de esa piscina de sardinas durmientes, perdiera la compostura, me tronchara, ya desternillada, continuase a voz en risa y terminara desalojada por escándalo público.
Tu padre –rememoraba viendo a mi hija pintar una tormenta espontánea– trató de compensarme invitándome a un batido de frambuesa. Su intención era dulce, y allá que subimos a una azotea aparente con una carta llena de alternativas de impresión. Valió la pena ese primer sorbo, exótico y perfecto para distraer, pajita en mano, el nerviosismo del momento. El segundo, más nítido y ansioso, ocupó la espera de un instante en que se ausentó. Verlo desde lejos acercarse a modo de desconocido audaz era literariamente sugestivo. El tercer sorbo va a ser que no ocurrió; un tropezón con la punta de mi pie indemne se encargó de barnizar mis brillantes y ufanas botas negras de un rosa chillón salpicado de pintitas de otro tono más discreto, mientras decidimos, entre carcajadas, probar a besarnos para así quedarnos, de una santa vez, quietecitos. 

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