Testigo de mi muerte

 

Nunca hubo un principio



Estaba soñando y de repente me faltaba el aire. Abrí la boca para recoger una bocanada de ese elixir de vida. El aire no llegaba a mis pulmones. Abrí los ojos. Pero seguía sin poder respirar. Tosí. Entró una bocanada fría y salió caliente. ¿Sólo fue un susto de sueño o una realidad de mi situación?

En una semana me había ocurrido tres veces. Una, en un centro comercial, en el que me desmayé y recobré el sentido pasados unos minutos. Y otra conduciendo. En esa ocasión tuve claro que el coche tenía que seguir circulado aunque no tuviera  aire en los pulmones. Era consciente de todo lo que ocurría a mi alrededor pero no podía articular palabra. Quise cantar la canción que sonaba en la radio. Mi voz dormía.

Sospechoso, me parecía ya,  la falta de aire estando en espacios abiertos. Y decidí ir a visitar a un matasanos. Nombre que se hizo famoso en mi familia para referirse a ellos, pese a que en nuestra estirpe ya había tres.


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